La filosofía de los nombres augura el silencio de las cosas, propagan el cansancio de los libres condenados simulan que un día crecieron como la flor vieja que ya no toma agua del mismo lago sino que remeda las horas en las que espera y ya no quiere dar, sentarse a esperar los años, los impulsos de que todo se convierta en palabras en necesidades inventadas, en oraciones que desean convencer al mismo cuerpo de que todo es carencia, que es perdida de lo ganado, de lo profesado y enseñan que confiar en una sombra no siempre es mantenerse con vida. Que mirarse las manos y los pies resume la deuda que se oculta sobre las espaldas, que nada que se nombre a alcanza a quitar la sed, ni la soledad. Se asoma el sol con el mismo rigor del instante en que se abren los ojos para decir que hay que empezar a delinear otra realidad, de corregir las deformidades puestas en los ojos, de ser sin dejarse abandonado.
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