EL RECREO DE MI VIDA


-Mamá, ¿qué es eso?
-Supongo que… ¿las aves?
Me quedé mirando por la ventana, pero recordaba, aquello que vi esa mañana, era como pensar en los sueños, en otro mundo que no alcanzaba a ver con detalle, entre mi vida infantil y los deseos que tenía de ir a la escuela…
De niño siempre me gustaron las caminatas en las mañanas, ir en compañía de mi madre me hacía sentir feliz, recogíamos naranjas y algunas moras que comía de regreso, en la tarde la mayoría de días el cielo estaba nublado, mamá decía que era mejor no salirme al patio a jugar, prefería quedarme frente a la ventana leyendo algún viejo libro de cuentos, leía siempre el mismo cuento ¿Cómo estudio si tengo hambre? de un niño quién no iba a la escuela y que para ayudar en su casa trabajaba como embolador de zapatos. Siempre quise ir a la escuela, y a pesar de mi corta edad ya me dedicaba cuando mamá me orientaba, a  estudiar las letras, leer las palabras, hacer oraciones. Pensaba siempre en el niño del cuento, en su vida, en los pajaritos que revoloteaban en su cabeza cuando miraba a los niños como él, sentados  en un pupitre mirando a su maestra, yo sé cómo se sentía ese niño, siempre lo supe: lleno de ganas por mirar los zapatos de su maestra desde su pupitre, haciendo garabatos al azar que no iban a ninguna parte de su cuaderno,  diciéndole a  su madre lo que aprendió en la escuela, que su maestra le había sonreído…

Llegado el día, era la mañana más linda que había visto, las nubes parecían alegrarse como yo, mamá me daba leche caliente y mientras la tomaba me ataba los cordones de los zapatos y me decía que la escuela era un  lugar muy agradable, que los niños se sentían felices allí y yo no lo dudaba. Cuando me presentaron a mi maestra no pude contener las ganas de sonreírle y la saludé, mamá me dio un beso en la frente y se despidiéndose se marchó. Me senté en un pupitre algo viejo, habían niños por todo el salón, saltando, corriendo tras el aire, riéndose quién sabe de qué. Saqué mi cuaderno y mi lápiz y como en un temblor del recuerdo se me vino a la cabeza a Jacobo, el niño del cuento, y hubiese deseado verlo en mi salón, mirándome con la misma alegría que la mía, entre lo desconocido de esa mañana, le hubiera hablado de mis deseos de estar aquí, de la sonrisa de mi maestra, de mi cuaderno nuevo, de los niños que no sabían para dónde iban y de que si hacíamos avioncitos de papel en el recreo… 

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