GRANULACIÓN DEL UNIVERSO
Era noviembre y vi llover de
noche cerca a mis pupilas, el respiro del ave incauta en la sombra se aparecía
distante, me acerqué despacio para no dejarme ver del mundo, el niño jugaba y el
vidrio empañado de la ventana escurría tristezas: dedos transparentes del final
de los días. Los últimos rayos del sol
tocaban las paredes de la habitación y fueron las diásporas las que se regaron
por las hojas de papel, por las manchas de café y cigarrillo, por los viejos
muebles, por la grieta de la almohada; se escurrían de mis manos las palabras
para no decir, con lentitud se iban pareciendo al aire y a la boca de esa
mujer, de los sueños rojos pude extraer la mejor parte de la nostalgia, los
afanes de los días pensando bajo la sombra de su cuerpo, durmiendo para no
trastornarme. Mi vida aparecía como la justificación para irme cuando yo
quisiera, meterme de cabeza hacia el fondo de la soledad, y pintaba mis cuadros
entre horas sin tiempo, los colores que iban untándome el cuerpo, las ideas,
las promesas, las contradicciones y el fuego encenizado eran la puerta para
aventarme a la rutina.
Trabajé por cinco años en una
editorial, los días que anduve en aquel lugar me envejecieron más y empecé a habituarme a los escapes
esporádicos en horas laborales, salía de la oficina a perseguir las calles, con
suficientes cigarrillos en mis bolsillos y un poemita escrito por ella en una hoja de papel que ya perdía su forma “agítame
la sangre, hazme de alas para tu boca, tú, el sol de mi nocturno”. Los pasos de
la gente, los mismos cuerpos gastados, uno que otro niño extraviado con la atadura
de la pureza y aún así sonreían, sujetos de la mano de quién fuese una madre o
una puta. Edificios, húmedas calles, charcos refractados y el silencio en la
voz de la mujer que me miraba desde el olvido. Las manos voladoras de los niños
para sentirme eterno, la densidad de los astros, materias incomprendidas…
Atravesé la carrera séptima con
afanoso ademán, miré hacia arriba: un cielo de anclados azules, nubes que
parecían desintegrarse sobre hombres de piedra, el aire que partía los
impulsos, la ansia desalentada de la ciudad monstruo omnipotente, charcos de
grises lejanos, bríos indigentes de alas clavadas, la luz parecía juntarse en
partículas para derramarme en las bocas de las prostitutas, en las manos resecas
del alunizaje del tiempo y de la vida incompleta. Seguí a paso lento, respiré
hondo profundo y me faltó el aire que me arrebataba el cigarrillo, crucé la
calle 19 y caminé hasta el Parque de los periodistas y envuelto entre la voz
quebrada del mundo y de mi angustia disfrazada solté un delirio por el humo de
la pesadilla, era ella: su cuerpo de niebla, su beso de agua. El álgebra de dos
sombras.
Irremediable, yo, las
constelaciones alzadas a mis espaldas me forjaban como espuma, desde los pies
hasta la comisura de un par de átomos nocturnos que veía a lo lejos que
provenían de mi trágicamente irresistible perdición. Volví al origen, la habitación conservaba el olor de
mis ceremonias donde cocí el gemido entre sus piernas; las pinturas derretidas alquilaban
la materia del silencio, era la mordaza de su cuerpo, como sueños atravesados
por la sangre; llegaban a mí como alfileres, como la sombra de las aves que
jadeaban en mi pecho. Me senté en la vieja silla de madera que había dejado para
las noches de alucinación, y con el cuerpo tenso me reflejé en el cristal de la
ventana, en la calle el niño aún jugaba y bajo su promesa inocente volteó y me
dijo con sus ojos de fuego ¡Bienvenido al rito!
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