CÉSAR A DENTELLADAS
César era como
hablar con el silencio
como odiar a los hombres por ser
inmortales
como jugar con una muñeca sucia
y decirle que la poesía era
el invento de un idiota.
Era resbalarse plácidamente por el fuego
de las horas
era infringir con los sueños
con los mismos locos que habitaban su
casa
era hurgarle el corazón al cadáver
manosear con devoción sus orgasmos
desnudarle la sangre a salivazos
era perseguir a los pájaros de sus muertos
en un mundo que nada profesaba.
Como al muerto,
a César también se le incineraba la
garganta
(fumaba, maldecía y hacía el amor)
y su tristeza le quemaba las pestañas
hasta que su nostalgia lo ejecutaba en
los sueños
y amanecía con la boca llena de flores.
Murmuraba la vida entre su pecho
y sus dientes mordían
la pared de los rincones
hacía su casa en el aburrimiento
de la espera
en el dolor de estómago
y de la náusea.
César no era más que el perfume
la savia negra
la sed y el hambre
el cataclismo de la fiebre
era conseguir con síncopes
desafortunados
el conjuro eterno de la palabra.
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